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Secundaria # 99 Grupo E Matutino Generación 1973-1976

Nuestro último día de clases juntos

Era una mañana como cualquier otra en la secundaria #99 “Margarita Maza de Juárez”. El sol brillaba y el aire fresco anunciaba el final del ciclo escolar. Los alumnos nos reuníamos en la entrada, impacientes por el toque de campana que daría inicio al último día de clases.

Entre la multitud estudiantil, el grupo de 3° E destacaba por su peculiar forma de saludarse. Nos dábamos la mano y luego un abrazo, un gesto que se había convertido en nuestra seña de identidad. Era una costumbre extraña, considerando que apenas teníamos 14 o 15 años, pero así éramos nosotros.

En el ambiente se sentía una mezcla de alegría y nostalgia. Todos sabíamos que este era el final de una etapa, que después de ese día no volveríamos a estar juntos en la misma aula. Nadie lo decía en voz alta, pero la tristeza se reflejaba en nuestros ojos.

Con el paso de los días, habíamos experimentado una unión que trascendía los lazos de amistad. Ya no nos llamábamos por nuestros nombres o apodos, ahora éramos “COMPAÑEROS”, con mayúscula. Esa palabra encerraba un significado especial, un sentimiento de pertenencia y camaradería que nos hacía sentir orgullosos de formar parte del grupo 3° E.

La Muerte de un Compañero

La noticia de la partida de Enrique Camargo nos golpeó con la fuerza de un vendaval, helándonos hasta el alma. Apenas dos días antes, la vida de Enrique se había apagado en las aguas de un río, durante una excursión que debía ser un recuerdo feliz. Su ausencia dejó un vacío insondable en nuestro grupo, un silencio que resonó con la intensidad de mil palabras no dichas, y tiñó de melancolía nuestro último día de clases.

A pesar del dolor que nos embargaba, encontramos la fortaleza para unirnos aún más, para tejer un lazo que nos sostuviera en medio de la tempestad. Decidimos que la mejor manera de honrar la memoria de Enrique, de mantener viva su esencia entre nosotros, era celebrar la amistad que nos había unido, ese vínculo indestructible que trascendía la tristeza.

Ese día, nos reunimos para capturar en una fotografía el recuerdo de nuestra generación, un testimonio visual de nuestra unión. En la imagen, la ausencia de Enrique era palpable, un espacio vacío que dolía, pero su espíritu se sentía presente en cada uno de nosotros, como un eco de su alegría y su camaradería. Esa foto se convirtió en un tesoro invaluable, un símbolo de nuestra amistad y un recordatorio de aquellos días felices en la secundaria #99, días que ahora se teñían de nostalgia.

Al concluir la sesión fotográfica, nos dirigimos juntos a la casa de Enrique, ubicada a unas cuadras de la escuela, en la colonia 25 de Julio. Al llegar, encontramos a su familia rodeada de amigos y vecinos, todos unidos en el dolor, preparándose para el traslado del cuerpo de nuestro querido amigo. Conmovidos, entregamos una bolsa con las monedas que habíamos recolectado entre todos los estudiantes de la escuela, un pequeño gesto de solidaridad y cariño.

Cuatro de nuestros compañeros, con valentía y respeto, se ofrecieron a cargar el ataúd desde la habitación donde se velaba hasta la carroza fúnebre, un acto de amor y despedida que nos conmovió profundamente.

Aún hoy, el recuerdo de ese día triste permanece vivo en nosotros, un eco de dolor y amistad que nos recuerda la fragilidad de la vida y la importancia de valorar cada momento compartido.

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